Entradas y salidas. De un punto a otro, de una persona a otra. De un día a otro, como si lo que hubieras hecho el día anterior no acumulara. Y al final hoy casi no he oído nada de música.
Mañana iré a la casa de mi madre a cuidar de mi padre otra vez, como todos los fines de semana. Y esto es bueno porque estructura mi semana en cierta medida, aunque a veces sea emocionalmente agotador.
Sé que durante el finde tengo que pensar en él, y en mi madre, que no voy a quedar con nadie, que voy a escribir, ver películas, comer bien, vivir en ese otro mundo que se llama el presente. El de coger una cuchara y mirarle fijamente a los ojos mientras él mira fijamente a los tuyos, y esperar el momento en el que quiera abrir la boca para tomar otro bocado. El del tacto: el de saber la postura exacta en la que él no se caerá o estará incómodo, mientras tú miras por no hacerte daño, y que al mismo tiempo tu madre tampoco se lo haga cuando le movemos.
Es el presente. Porque mi padre es puro presente. Tal vez mañana deje de hacer algo importante, como cuando dejó de hablar de un día a otro, o cuando le compramos la silla de ruedas y ya nunca más le vimos andar solo. Así que cuando estás con él siempre es como el principio de la historia, y cuando te vas, el final de la historia. Que tal vez se repita mañana o tal vez no. Y me hace reírme de la obsesión por el futuro que existe en nuestra sociedad, cuando a veces no puedes hacer nada más que vivir el presente, sin presentir el futuro caer en tu regazo.


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