viernes, 2 de noviembre de 2012

Texturas


Es complicado encontrar palabras porque parece que estoy buscándo(me).  Todo va despacio, pero intensamente. Es extraño sentir cada vez más que soy la hija de mi padre. Y toma tiempo el ponderar un sentimiento tan complejo y trascendental. Recorre las venas de la memoria, las imágenes de las miles de sonrisas que le viste y que ahora encuentras en tu propio espejo. 

Pero además, por haber cuidado de él en el hospital, siento que la vida me ha preparado para tomarle el relevo. Le cuidé como me hubiera gustado que él lo hubiera hecho. Pero no son las acciones de las personas las que hay que recordar, sino los momentos preciosos, aquellos que te regala la vida, las imágenes inolvidables que se prenden y te prenden. Esos momentos en los que me enamoré de su piel, de sus labios, de su pelo, de su cuerpo frágil, de la fuerza de antaño que aún quedaba en sus músculos y que no podía restar la fragilidad de su cuerpo. 

Sé que no tendré que explicarle a nadie cómo era él, porque la próxima persona que me quiera lo notará en mí, porque le llevamos en nuestras expresiones, en nuestros gestos, en el silencio que a partir de ahora acompañará ciertos momentos en los que recuerdas. El futuro se ha llenado de pausas, de suspiros, de lágrimas contenidas, de risas al imaginarte a él riendo contigo. El pasado se ha revuelto y es mucho más cristalino, más destilado, más brillante. Y ahora los días son los que van a pasar sin que él esté aquí. 

El otro día salí a la calle y mientras esperaba a un taxi de madrugada me preguntaba qué sentido tenía la ciudad, Madrid, sin él. Ella le había perdido como nosotros le habíamos perdido, pero no era consciente, quería seguir como siempre. Y me repito, me vuelvo a repetir que nada será ya como antes. Ni nadie será ya como antes. 

Ahora mi risa es mucho más entera, tiene un lugar, se siente por dentro, es más fuerte. Los momentos duros lo van a ser menos. El miedo estará desmontado y debilitado. Hay tantas cosas que ya no me importan, y tantas que tengo que dejar atrás. Quiero deshacerme de todo lo que me hace daño.

Hay más emociones y sentimientos que palabras. Sólo sé que me siento más llena, más madura, más ligada a mí misma, a mi hermana, al aire que aún lleva su colonia en el despacho, la sombra de su dinámica figura, a su mesa de roble, al silencio de su ausencia que lo llena todo con él.

Me he convertido en reflejo de las textura que lo inundan todo. Soy una estrella brillante, como él lo es ahora (eso se lo decimos a mi sobrinita y a mi sobrinito). 

Lo único que hay que hacer es brillar. Brillar. Brillar. 

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