No me extraña estar tan embotada. Hace un par de meses que escribí por última vez. Es mucho tiempo desparejada. Quiero volver a hacerlo, y para eso debo aprender a tolerar las emociones desagradables. Ahora que estoy escribiendo noto que no pasa nada por hacerlo, que mis dedos no están del todo entumecidos, y mi mente sigue en pie.
Ahora, aparte de animar a mi madre, y ahora que la veo mejor, prepararme para movilizarme un poco, tengo que propiciar un estado de ánimo que levante el estadío depresivo en el que me encuentro. A veces no se me hace tan difícil, pero tengo que centrarme lo suficiente en mí como para conseguirlo. Las cosas que me encauzan en la vereda de la salud mental son el tener tiempo para mí, el estar tranquila, el hacer cosas con las que me identifico sin sentir que tengo la obligación de hacer algo, otra cosa que no estoy haciendo. Y por eso tengo que pasar tiempo en mi casa. Allí no me saltan las alarmas en las que me siento obligada a hacer algo que no soy yo al 100%.
Intento acordarme de cómo fue la última vez. Me fui a casa y me puse a arreglar la bici. También me gustó ver mis libros danzando por ahí. Y ahora tengo los muebles de Ikea que tengo que montar. Cuando lo haga, la casa va a estar mucho mejor. Va a dar gusto estar ahí.

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